"No se necesita valor para hacer algo cuando no hay alternativa."
Un hombre recorre un paisaje desolado, desesperanzador. Se dirige a algún lugar concreto, al igual que viene de otro, pero se aleja de este con la misma falta de entusiasmo con que avanza hacia su destino. Su nombre es Tom Joad (un joven Henry Fonda), un campesino que acaba de ser puesto en libertad tras cumplir en prisión cuatro de los siete años a los que fue condenado por homicidio. Vuelve a casa para reencontrarse con su familia después de tanto tiempo. De camino hacia allí, se topa con un viejo conocido, Casy (John Carradine), quien fuera el predicador del pueblo de Tom que ofició su bautismo, pero que ahora ha abandonado la clerecía; le confiesa que ha perdido la fe, y aunque de algunas de sus palabras se desprende que su vocación nunca fue demasiado férrea, no cabe duda de que ha ocurrido algo que le ha empujado a ese escepticismo. Decide acompañar a Tom a su hogar, pues al parecer no tiene otra cosa que hacer -tal es su desorientación-, y juntos recorren lo restante del viaje. Sin embargo, una vez llegan, Tom descubre que su familia no está allí, y en su lugar sorprende a otro inquilino, otro campesino, próximo a la locura, que, durante una noche apocalíptica, le revela qué es lo que ha ocurrido.
Mientras Tom ha permanecido en la cárcel, la Gran Depresión ha estallado y está haciendo estragos a lo largo y ancho de los Estados Unidos. En Oklahoma, un clima que escapa al control de los hombres está arrasando sus cultivos, y mientras tanto los grandes señores capitalistas sacian su inagotable ambición apropiándose de los terrenos que los campesinos no pueden trabajar, pues ellos les sacarán un provecho mucho mayor con sus devastadoras máquinas. Eso es lo que ha ocurrido a la familia de Tom y a tantos otros habitantes del Estado, que han visto, entre la resignación y la impotencia, cómo sus casas y la tierra "en la que nacieron, vivieron y murieron" ha sido expropiada sin que nada pudieran hacer para impedirlo. Y ahora, si quieren sobrevivir, tendrán que hacerlo en otro lugar, dejándolo todo atrás. Al día siguiente, Tom se reúne con su familia, y junto a hermanos, padres y abuelos -que se verán obligados a abandonar la tierra en la que transcurrió toda su existencia sólo para morir-, partirán albergando esperanzas de prosperidad hacia la tierra de leche y miel, California. Así da comienzo la epopeya de los Joad, un largo y penoso viaje a lo largo del cual se encontrarán con lo mejor y lo peor del ser humano, y así empieza 'Las uvas de la ira' (1940), un retrato de la miseria sórdido y sin concesiones al espectador, y una de las películas más aclamadas de John Ford, para muchos el mejor cineasta de todos los tiempos.
Ford, que -si bien llevaba dirigiendo desde 1917- había empezado a sobresalir un año antes, con 'La diligencia', uno de sus míticos westerns, por los que es recordado sobretodo; la obra que nos ocupa no es uno de ellos. Adapta una novela de John Steinbeck y cuenta con un reparto de primera fila -en el que destacan los trabajos de Fonda y Jane Darwell como la matriarca de la familia, trabajo que le reportaría uno de los dos Oscar que obtuvo la cinta de los siete a los que aspiraba (el otro sería para Ford), enfrentándose a pesos pesados como 'Rebeca' ('Rebecca', Alfred Hitchcock), 'El gran dictador' ('The Great Dictator', Charles Chaplin) o 'Historias de Filadelfia' ('The Philadelphia Story', George Cukor)-, pero lo que destaca por encima de todo es precisamente la dirección del legendario cineasta de origen irlandés. En plena edad dorada de Hollywood y el cine americano, cuando lo habitual era que todo estuviera al servicio de las estrellas, una puesta en escena academicista a más no poder y una historia sencilla, con introducción, nudo y desenlace perfectamente definidos, y de propina final feliz, Ford sorprende con un estilo propio y una forma de narrar muy personal, alejada de todo convencionalismo, adelantándose a los maestros europeos que comenzarían a florecer una década después. Ford detestaba que se refiriesen a él como un poeta por parecerle un calificativo muy cursi, pero es que no existe otra palabra que describa mejor su capacidad para plasmar los sentimientos humanos, desde los mejores a los peores, y hasta en la acción más anodina, o el lirismo que contiene cada una de sus imágenes.
Al respecto de esto cabe citar también la fotografía del filme, obra de Gregg Toland, de un blanco y negro depurado e impresionante. El cine en color ya se había popularizado un año atrás con 'Lo que el viento se llevó' (Victor Fleming, 1939), pero Ford siempre sostuvo que para las historias dramáticas prefería el blanco y negro, aunque fuera mucho más difícil trabajar con él, y en este caso no podría ser más cierto, pues 'Las uvas de la ira' es una de esas películas que serían impensables en color, como las que componen la llamada "trilogía sobre el silencio de Dios" de Ingmar Bergman ['Como en un espejo' ('Säsom i en spegel), 'El silencio' ('Tystnaden') y 'Los comulgantes ('Nattvardsgästerna'), 1961-1963]. Los blancos y negros están muy marcados y diferenciados -en contraste con el dibujo de los caracteres, nada maníqueo-, como reflejo de la dualidad de los hombres, que son víctimas de un egoismo del que también pecan y no valoran la vida si no es la suya, pero que también pueden revelarse como seres compasivos, como en la maravillosa escena del bar en la que la solidaridad parece contagiarse de una persona a otra; y resulta especialmente llamativo lo sólidas, físicas, palpables que parecen las sombras de los personajes bajo el sol americano, reflejando su realidad terrenal y lo materiales que son sus preocupaciones.
Las dos horas de metraje fluyen imperceptiblemente, siendo asequibles para casi cualquier espectador, y no sólo porque Ford cuenta lo que cuenta -abordando temas de una complejidad y densidad infrecuentes en el período, aunque mucho más en la actualidad...- haciéndolo entretenido, sino porque además, setenta años después, la película conserva todo su interés, todo aquello que narra sigue estando en absoluto vigor. A esto contribuye el carácter atemporal de la obra, pues Oklahoma, California... los años treinta, no son más que el lugar y tiempo en los que se encuadra la historia, pero los temas sobre los que versa son universales, comunes a todas las épocas, aunque no los interpretems de la misma manera. Cuando los espectadores de 1940 asistieron a la proyección y vieron el último plano del personaje de Henry Fonda, seguramente les insufló esperanzas, ilusiones, les ayudó a soñar con la posibilidad de un futuro mejor... Sin embargo, para quienes lo hacemos hoy en día, ese final supone un auténtico batacazo, ya que sabemos que Tom fracasó estrepitosamente en todo lo que se propuso, porque han transcurrido siete décadas desde entonces y todo sigue igual, en la actualidad más que nunca, no hemos cambiado nada, y la culpa es tan nuestra por pasivos y sumisos como de los responsables directos. Por lo menos, antes de eso, en su despedida, el personaje nos lega uno de los discursos más emocionantes que se han pronunciado en una pantalla, al que uno siempre podrá aferrarse por muchos años que pasen.
En definitiva, una película excelente, necesaria y comprometida, un canto a los desheredados de ayer y de hoy que nunca se debería dejar de escuchar (porque quién sabe, a lo mejor algún día espabilamos de nuestra inacción y continuamos el trabajo de Tom Joad), narrada por la mano maestra de John Ford. Sólo hay un momento, cercano al final, cuando la familia llega a un campo y el comunismo se manifiesta por primera vez de forma casi explícita, en que uno se echa a temblar, pues es inevitable temer que hasta entonces tan magistral relato vaya a degenerar en un mero panfleto político (no es necesario citar muchos de los casos en que esto ha ocurrido); pero no, Ford expone sus ideas y soluciones con contención, sólo compartiéndolas, sin imposiciones ni trampas, y por ello resultan mucho más hermosas que en otros discursos que sólo saben hacer uso de la demagogia. Y eso sólo está al alcance de los más grandes.
Eso sí, si Ford hubiese realizado esta película tan sólo una década después, probablemente habría corrido la misma suerte que Chaplin y tantos otros a manos del paranoico macarthismo. Mientras siga existiendo gente como aquel infame senador, monstruos en posesión de muchísimo más poder del que son capaces de administrar, los Joad del mundo, los mismos de siempre, seguiremos como ya estábamos en los años treinta, como estamos ahora, seguiremos alimentándonos... de las uvas de la ira.

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